domingo, mayo 28, 2006

Laberinto

Por Armando Euceda
aeunah@yahoo.com

¡Qué siglo XX el que desperdiciamos los hondureños! Y la fiesta salvaje sigue en lo que va de este siglo. Crecimos exponencialmente. No en la economía o en el progreso científico y tecnológico. Tampoco en educar la condición humana o en el cultivo de la ciudadanía planetaria. No. Lo que creció fue la inequidad, la pobreza y la indigencia. Unos pocos se apropiaron del país, disfrutan de una vida mejor y se insensibilizaron ante la pobreza que sufre la mayoría. No es extremismo o fatalismo, es, simplemente, reflejo objetivo de todos los ángulos de la realidad nacional.

Pareciera que la conciencia nacional está sin pulso atrapada en un laberinto borgiano. La transfusión económica, que nos llega como lágrima de desarraigo de nuestros hermanos emigrantes, es sangrada hasta la anemia en la intermediación bancaria. La vida se esfuma en los hospitales sin medicinas y para los analfabetos las escuelas son solo cementerios de la esperanza. Cuando el rostro de la nación se ve en el espejo de la verdad, la pobreza irradia sin piedad a la mayoría y un pequeño grupo de desalmados se mutan para resistir el reclamo que les hará la historia.

La lógica perdió su lógica. Crece la economía y crece el número de pobres e indigentes. Crecen los centros comerciales y crece el desempleo juvenil. Crece la democracia y crece la sinrazón en el combate a la pobreza. Crece la libertad de expresión y a su vez el silencio de lo vital.

Las noticias muestran que cada día está lleno de escaramuzas en los autobuses del transporte público, en los mercados, en las calles que abarrotan los vendedores ambulantes, en el poblado que sufre la presencia de la explotación de la mina al aire libre, en fin, en lo que antes era cotidiano y placentero, hoy se batalla para sobrevivir. No es fatalismo, ni elogio a esta cruel estrategia darwinista, es que el suelo patrio se está continuamente sembrando de desesperanza. Y en el laberinto el país se pierde. Y el peligro crece.

A pesar que mi generación y sus líderes está más informada y presume de ser más sabia, todo parece indicar que se enamoró del progreso decadente y está resignada a claudicar sin pudor y aceptar sin pena que: la batalla de ciudad Mateo está perdida; el bosque, bosque fue; la contaminación en las ciudades se quedó en todos nuestros vecindarios; los recursos hídricos abundantes se van al mar sin que sepamos para que sirven. En fin, hace tiempo dejó de doler que de nuestra tierra solo emanen ríos de leche y miel para unos pocos.

Pero no basta con enunciar que el país será inviable porque está atrapado en un laberinto perfecto. Mucho podemos y debemos hacer. Los problemas ambientales no se resolverán con despojos de la producción y el consumo, si esto conlleva la sobreexplotación de la biosfera, si se daña sin reparo el ecosistema. Denunciar una y otra vez esta sinrazón no es mala poesía, ni metáfora que empalague. Es, insisto, sobrevivencia nacional. El beneficio a la calidad de vida no es tal si su precio es hacer un fango allí donde camina el ciclo que regenera la biosfera que hace palpitar al planeta. ¿Tan complejo es esto?

Todos tenemos la obligación de hacer un alto y, responsablemente, comenzar a desactivar esta bomba de muerte, este proceso salvaje de destrucción de la vida. Allí donde nuestro bosque muere, salvarlo. Allí donde las fuentes de agua se están contaminando, limpiarlas. Quebrar la mandíbula, allí donde las fauces de la explotación salvaje se tragan la salud de los pobres. En fin, todos podemos y debemos hacer algo hoy, porque el país se pierde.

Si de la geografía nuestra, bella y bendita, ha de emanar leche y miel, será para todos. Si democracia hemos de tener, será para la prosperidad de todos. Solo así, creciendo en comunión, solidarios, amando y respetando toda forma de vida, podremos lograr que el país se salve y que en la asamblea de acontecimientos de las generaciones futuras, se nos aplauda y admire como una generación responsable.




1 comentario:

Gustavo A. Ponce dijo...

Muchas veces en el pasado, sólo se pudo caminar de la polarización extrema de "pocos con todo, muchos sin nada" a un mundo más equitativo rodando sobre algunas cabezas, dando rienda suelta al odio y la violencia acumulados durante tantas generaciones que vieron morir la esperanza de un mejor presente y un mejor futuro sin poder hacer, sin poder decir.

Y cabe preguntarse si esta vez podremos hacerlo de una manera diferente. Algunas veces creo que sí, otras veces que no. Pero parte de lo que muere es la esperanza de pasar a un mejor futuro flotando sobre los vientos de la solidaridad y la armonía, y no rodando sobre cabezas arrancadas por el odio y el resentimiento.

Ojalá que encontremos pronto el camino...